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Artículos - Humor
Escrito por Juba   
Viernes 22 de Febrero de 2008 18:43

Desde que dejé de asistir a la mezquita, lo que supongo provocó su contumaz animadversión hacia mí. Dios se empeña en hacerme la vida desdichada cada vez que debo levantarme temprano. Prueba de ello fue lo que me sucedió hace pocos días: Era domingo y me vi obligado a dejar mi casi mediterránea existencia en Villa para ayudar a mi equipo en la organización de un evento de ersof.

Me levanté a un cuarto para las seis de la mañana resignado a vivir un día poco feliz. Salí de casa como a las siete treinta y, luego de esperar casi diez minutos, aborde el taxi que me llevaría hasta mi destino.

Este era uno de esos microscópicos autos coreanos que no cumplen las exigencias de seguridad de los países civilizados y cuyo conductor tenía un aspecto que me despertó no pocos temores. Sin embargo, la premura del tiempo y la escasez de taxis en la zona evitaron que desistiera de subir.

Aunque acostumbrado a apreciar a diario el chicha style de nuestra urbe, la decoración de este auto llamó poderosamente mi atención por denotar un grave problema de personalidad, múltiple por parte de su conductor, por decirlo menos: Multicolores flecos de estilo prehispánico enmarquesinaban el parabrisas, que a su vez servía de fondo a la multitud de imágenes sacras que me observaban desde el tablero acompañadas de un perrito dálmata de cabeza danzarina, una foto del casi beato Sandro Baylón y un pequeño elefante al que no era difícil identificar con Ganesha. Capitulo aparte merecía la preocupación que por la ergonomía mostraba nuestro conductor: pedal de acelerador en forma de pie, asiento de bolillas “ortopédicas”, palanca de cambios con cangrejo fosilizado en fibra de vidrio y el infaltable y voyeurista espejo panorámico, que sumados a las ventanas laterales de color lila, la veintena de calcomanías de la ventana posterior (incluidas la del Che y la de liberen a Chumpi) y los tres ensalivados y “estratégicamente” colocados carteles de taxi, harían enrojecer de envidia a cualquier taxista de Calcuta. No me sorprendió que la correa de seguridad no funcionara, aunque no deje de protestar por ello, obteniendo esta “tranquilizadora” respuesta: “no se preocupe señor, la obligación es sólo para el conductor”. Obligación que por supuesto el tampoco cumplía, ya que tenía la correa superpuesta, sin enganchar; para hacer la finta, como se dice en criollo.

Al ingresar a la vía expresa nos encontramos con una marcha de una facción del Sindicato Unico de Trabajadores de la Educación del Perú (SUTEP) que haciendo gala de sus más bajas pasiones cauchopiromanas y de toda su educación, bloqueaban la vía. Hecho que nos obligó abandonar esa ruta por la primera rampa. El conductor, consciente de mi prisa o desesperado por deshacerse de mí, comenzó a recorrer, zigzagueante y raudamente algunas calles y jirones, hasta que la policía nos permitió volver a la vía expresa unos kilómetros más adelante.

 

Al llegar a la avenida Javier Prado, y muy a pesar de mi hígado, nos encontramos con otra marcha. Esta vez se trataba de un grupo de personas portando unos carteles que rezaban “con el Chino estábamos mejor”. Lo único que se me ocurrió es que fueran hinchas de Universitario de Deportes reclamando la presencia de Pereda en el equipo, pero no. Ellos eran fujimoristas y a quien añoraban era al mismísimo jefe del régimen cleptómano. Ese que se mofó y destruyo nuestra joven democracia.

Como comprenderán, la desagradable experiencia de presenciar a toda esa gente ejerciendo su “democrático derecho” y bloqueándome la puta vía, hizo colapsar mi sistema hepático, y pensé en lo útiles que podrían resultar algunos excesos policiales en estos casos. Sin embargo, mi espíritu democrático evoco a Niebuhr: “La capacidad de justicia que tiene el hombre hace posible la democracia, pero su inclinación hacia la injusticia hace que la democracia sea necesaria” y mi excitado hígado volvió a su estado de reposo. El resto del viaje no fue más afortunado: fuimos “cerrados” repetidas veces por buses que se lanzaban hacia le acera en busca de pasajeros, presenciamos dos robos al paso, le “ganamos” a la luz roja en dos semáforos y un limpiador ambulante nos lleno de jabón el parabrisas en un tercero. Finalmente llegué al lugar del evento a tiempo, aunque con el remordimiento de haber permitido que el conductor violara el 75% del reglamento de transito.

Creo que no es necesario que les diga que mi puntualidad fue en vano, pues Titanus y Ninja, los líderes del equipo, aún no habían llegado y tampoco la lista de ingreso, por lo que tuve que esperar en la puerta durante un largo, muy largo, rato. Una hora más tarde, y cuando ya presentaba algunos síntomas de hipotermia, apareció Titanus sin la lista, claro está. Y debimos esperar 40 minutos más a que llegara Ninja.

Los jugadores que estaban citados a las diez de la mañana, llegaron muy puntualmente a las once y cuarenta y luego de mucho desorden lanzamos el brief de la misión. La mayoría no entendió un carajo y la primera partida fue un desastre. Luego, con la intención de relajar a los asistentes, Ninja propuso el consabido deathmacht y la jornada pudo continuar, aunque yo fui rápidamente eliminado por fuego amigo de 450fps, y les aseguro que cuando el fuego amigo tiene esa potencia, elimina aunque las reglas digan lo contrario. La siguiente misión fue un VIP y me tocó ir en el equipo de escolta y hubiésemos llegado al punto extracción gracias a un plan genial, de no ser porque tropecé con unas ramas y fui a caer a los pies de un par de jugadores contrarios que, como buenos novatos, me acribillaron sin misericordia en el suelo antes de avisar al resto de su equipo. Para la tercera partida, la batería de mi M4 dejo de funcionar y debí echar mano a mi viejo AK47, con lo que se echaron a perder mis planes de devolverle el fuego amigo a Titanus, pues los 280 de mi AK no eran suficientes para una venganza decente. Finalizado el día no cuadraron las cuentas y debimos recurrir al “fondo de contingencia” para cubrir el alquiler del campo, lo que en buen castellano quiere decir: el equipo perdió plata.

Salí de allí bastante adolorido, hambriento y seguro de que la ciudad estaba más fea que antes. El viaje de retorno lo hice en uno de esos autos con el volante en impostora posición que infestan nuestra ciudad. El conductor me contó que acababa de volver del extranjero, pero su forma de conducir delataba su inmediata reinserción en nuestra sociedad.

Volver a casa fue gratificante. Con la noche llego el ruido de las olas al golpear la costa, al que bastó agregar una taza de café para completar la terapia que me permitió recuperarme de un mal día de ersof, no sin antes dejarme este par de reflexiones: La primera es que si bien no podría argumentar con certeza sobre el origen de Dios, si puedo afirmar que limeño no es… él no podría soportarlo. En cuanto a la segunda, creo que podría ser verdad eso que dicen que “a quien madruga Dios lo ayuda”, pero les aseguro que Dios… se reserva el derecho de admisión.

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